domingo, 5 de mayo de 2013

Biutiful

"Adiós hermosa" dijo un chico al pasar por mi lado cruzando la calle. Inmediatamente después, escuché mi nombre. Tuve que darme vuelta, evidentemente era alguien conocido. Y sí, era un amigo. "No te la creíste ni un poco" me dijo y a mi me sonó a cachetazo: justamente salía de una sesión de terapia en la que mi psicóloga me había dejado el interrogante "el día en que te des cuenta lo hermosa que sos, te vas a valorar más y a dejar de andar con gente que no te valora". ¡Bum! Explotó la bomba en mi cabeza. Es que, aunque a mi modo de ver las cosas la belleza siempre fue un combo, vivimos en una cultura que suele distinguir entre belleza física y espiritual (gracia, garbo, sex appeal, luz... ese noséqué que va más allá de lo que se ve). Del mismo modo en que las 24 hs del día tienen sol y luna, en mi humilde opinión la belleza incluye cuerpo y alma. Pero no puedo hablar de belleza sin hablar de autoestima, esa especie de Indec interno que mide nuestro estado emocional en relación a cuánto nos valoramos. De ahí que una persona que tiene la autoestima en equilibrio sea bella, si está muy alto es frívola y si está muy bajo, desdichada. Por lo general, vamos oscilando entre los dos extremos y pocas veces quedamos en el medio.

Dicen que para amar cada quien debe ser el primero en su propia lista, y si nos la pasamos llorando por nuestros defectos y desvalorizando nuestras virtudes, claramente quedamos últimos. Tal vez por eso decidí dedicarle (y dedicarme) este post al amor propio.



(de la película Little Miss Sunshine)

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