Era su primera cita. Él la pasó a buscar para ir a cenar. El lugar era de lo más romántico: luces bajas, velas, silloncitos... La noche se presentaba tal cual ella había soñando. Él le gustaba mucho y ella estaba nerviosa. Las hormonas pueden ser muy traicioneras cuando alguien te gusta tanto porque una se encuentra tan desorientada que se queda sin palabras y, lejos de lo que pregonaba nuestra queridísima Tita Merello, una pasa por gila, de verdad. Tal vez él también estaba nervioso porque esa noche estaba especialmente verborrágico. Así es como mientras él se adentraba en detalles contando una historia (que vaya una a saber qué decía) ella sólo podía escuchar una voz en su cabeza que repetía constantemente una pregunta: "¿cuándo me besará?". Su mente se limitaba a ese interrogante y su accionar a enrular un mechón de pelo en su mano y a moverse sensualmente mientras 'hacía de cuenta' que lo escuchaba. De repente, en un movimiento fugaz, él acercó su mano con dirección a acariciarle el rostro. "Es ahora" pensó ella mientras cerraba delicadamente los ojos. Pero en lugar de sentir el roce de los labios de su acompañante, sintió un cachetazo en el pelo. Así es, parece que sus movimientos 'románticos' la habían acercado tanto a las velas que terminó por prendérsele fuego un mechón. Y bueno, el romanticismo tiene sus costos...
Fue algo así (salvando las distancias, principalmente generacionales)
No hay comentarios:
Publicar un comentario